Milagro de Navidad

Navidad; era la hermosa y esperada noche de Navidad. Y allí, como siempre, en la espaciosa casa de la abuelita, estaba toda la familia reunida en torno a ella.

En realidad era la mamá, la madre de siete hermanos, pero las nueras la llamaban, cariñosamente, “la abuelita”. Ella era la adoración de la familia, la que tenía corazón para todos y recibía de todos un amor sincero, en especial de los nietos. Pero esa no era una Navidad como las pasadas, llenas de alegría por el nacimiento de Cristo y por la fuerza que mantenía unida a la familia, no obstante la ausencia del padre, quien había fallecido hacía poco, víctima de una larga y penosa enfermedad.

Aunque el árbol de Navidad permanecía plantado en una montaña de regalos, y parecía más luminoso que los días anteriores, esa no era una Navidad feliz. Desde aquella tarde de agosto, se sabía que la Navidad ya no sería la misma. Esa tarde, la abuelita entró confiada al quirófano, con la esperanza de poder calmar los terribles dolores que la torturaban en las largas noches de vigilia. Ahora estaba en silla de ruedas. Un error médico, que luego negaron en nombre de la ciencia, había dejado a la abuelita a merced de una silla de ruedas y sin la alegría que antaño repartía con sonrisas.

Esa no era una Navidad feliz; la abuelita misma se empeñaba en ocultar su dolor. Pero era inútil. La cercanía al luminoso árbol de Navidad la hacía ver más sombría, y hasta Carlos Manuel, el más pequeño de los nietos, sabía que la abuelita había perdido el calor del corazón y el amor por la vida. Cansada, la abuelita trataba de acomodarse en la silla. Su columna vertebral, paralizada, no sentía el respaldo y ella, que apenas si lograba mover sus brazos, se sentía abandonada, inútil, vencida.

— ¡Regalos… regalos! —decían en coro las hijas, tratando de encontrar un aire de alegría.

— Sí, regalos, repetían las nueras.

— Bueno —contestó la abuelita, mientras se acomodaba en la silla y ponía en su rostro algo de su antigua sonrisa—… pero empecemos por los niños.

— Este dice —anunció ceremoniosamente una de las nueras—: “de la abuelita para Carlos Manuel”.

El niño saltó de su asiento, miró con carita encendida el paquete generoso y lo destapó de prisa, con la ansiedad y la inocencia propias de un niño. La luz intensa de sus ojitos se derramó en la abuela, a la vez que sus pasitos de infante se encaminaban hacia ella. Llegó hasta la silla, se abalanzó hacia su cansada humanidad y abrazó con ternura su cintura, a la vez que el regazo de ella acunaba el rostro del niño, mientras sus manos, casi yertas, trataban de aprisionar su cabecita suave. En un instante, las manitas del niño, que apenas si lograban encontrarse en la espalda de la abuela, empezaron a frotar suavemente la columna muerta, en un ademán de inocencia y de ternura.

Fue un instante en que la abuela cerró sus ojos con fuerza, para sentir el verdadero amor de un niño; fue el momento en que la abuelita sintió que una felicidad sin límites nacía en sus ojos y descendía rauda por su cuerpo; un instante inefable en que su columna parecía despertar de un sueño profundo. La abuela se acomodó en su silla ante el peso del niño y sus brazos lo atrajeron con fuerza desconocida hasta su pecho. Y sintió un deseo irrefrenable de ponerse de pie y levantar al nieto, y alabar a Jesús, que a poco nacería.

Entonces, la abuelita se puso de pie… y gritos de júbilo estallaron en la casa y el árbol de Navidad brilló intensamente, hermoseando el rostro de la abuela.

Era el milagro de la Navidad… que visitaba aquella casa, para traer de nuevo la paz y la alegría a un hogar que siempre esperaba a Cristo con amor.

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